A mitad del camino, estando con fuerzas, y siendo aún los receptores inmediatos de la promesa de la entrada a Canaán, una descabellada rebelión israelita daría un rumbo al peregrinaje. Viendo imposible la misión de conquistar Canaán, el desánimo se apoderó de ellos tras el informe de 10 mediocres e incrédulos príncipes israelíes. Aquel desánimo terminaría en su rebelión más severa. Dios decide entonces destruir a su pueblo y hacer uno nuevo por medio de su fiel siervo Moisés; pero fue por la noble oración de su siervo que las decisiones de Dios cambian. Esto se debe a su naturaleza flexible.