La iglesia cristiana primitiva surgió en un ambiente judaizante. Según el registro de las epístolas del Nuevo Testamento, la suprema obra del apóstol Pablo fue predicar el evangelio a los gentiles y llevar a la iglesia, de una evidente polarización a una plena unificación en Cristo. Sin embargo, los dos bandos que componían la naciente iglesia cristiana, judíos y gentiles, estaban divididos por cuestiones raciales, religiosas y políticas. Ante tal situación compleja, la actitud reconciliadora del apóstol Pablo le llevó a defender y plantear el tema de la unidad de la iglesia desde diferentes perspectivas metafóricas, llegando finalmente a definirla en un término común a todos como seres humanos al declarar a la iglesia como “la familia de Dios” según la carta a los Efesios, capítulo 2:19. Esta clara definición de la unidad de la iglesia, incluye a todas las personas sea cual fuere su origen social, racial, cultural, político o económico, porque todos como hijos, son considerados parte de la familia de Dios.